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La cicatriz (Barataria, nº 2, primavera de1995; Verdades a medias, Espasa Calpe, 1999)

Algo parecido a lo que se narra en La voz de Mallick, la otra cara de la misma moneda, ocurre en La cicatriz, breve obra de teatro del mismo año que el poemario, 1981. Un prisionero condenado a muerte que desconoce la causa de su castigo, pues quizá se haya condenado a sí mismo negándose a vivir, es indultado al desaparecer su delito: una mujer se ha enamorado de él. La cicatriz, que no existe como marca física, es tanto un estigma que le señala como alguien que es diferente, que sabe a pesar de estar confuso, y que, por lo tanto, sufre, como la prueba de que ese amor liberador es real. Dividida en actos y escenas y pródiga en acotaciones teatrales, se trata en realidad de un diálogo entre un protagonista y su antagonista, similar, por tanto, a Shahn y Qué más da. En la edición de Espasa se incluyeron algunas correcciones del autor no advertidas al ser publicado el manuscrito, póstumamente, en Barataria.

Reproducimos aquí el comienzo.

 

Acto I. Escena 1.
Desde el punto de vista del espectador, estamos en una prisión cualquiera, no demasiado lujosa, pero visitable.
Desde el punto de vista del condenado a muerte, la prisión es la única prisión del mundo y, por lo tanto, la más terrible de todas.
Nos encontramos en la celda del condenado. La celda del condenado es la mejor de la prisión: hay una estantería con libros, un televisor diminuto y un florero comprado en unos grandes almacenes. Un gran cartel, fácilmente legible para el espectador, dice: SE PERMITEN REGALOS NAVIDEÑOS.
El alcaide ha mandado colocar visillos en la única ventana para tapar los barrotes, pero los visillos son transparentes y los barrotes se ven
También ha mandado atrapar un pájaro silencioso. El pájaro sigue vivo y vive en una pequeña jaula, que puede ser azul.
El condenado a muerte es un hombre joven que no tiene aspecto de condenado a muerte, aunque no está bien afeitado. Está solo y parece muy nervioso.
Lleva el pelo muy corto. Es rubio o moreno.
La cama del condenado es muy estrecha. El condenado, que se llama Él, permanece sentado en ella durante unos 30 segundos; luego se levanta y empieza a hablar:
ÉL.- No sé por qué me han condenado a muerte. No sé quién me ha condenado a muerte, si exceptuamos al señor juez. Y no puedo creer que haya sido el señor juez, un anciano tan simpático, un doctor en leyes, casi un universitario.
Pausa.
ÉL (al público).- El juez llevaba peluca como los jueces ingleses; era viejo y había perdido dos o tres músculos. No puedo creer que me haya condenado él, habrá sido cosa del jurado. (Se desespera). Imposible, no había jurado, eso sí lo recuerdo; no había ni rastro de jurado, el jurado se había esfumado, quizá ni siquiera hubo juez. Quizá me haya condenado a mí mismo, negándome a vivir. Ahora estoy casi seguro de que voy a suicidarme el día de la ejecución: yo mismo me pondré una venda en los ojos. (Él se sienta en la cama y se tranquiliza poco a poco). Me gustaría ser mago para rejuvenecer: me llevarían a un reformatorio. Y yo me reformaría, me formaría otra vez, con otra cara, con otros ojos, en otra ciudad. (Se levanta de la cama y se acerca al florero. Toca las flores; quiere coger su perfume. De repente ríe y habla). Las flores, estas flores tan bonitas son de plástico. Pero no me siento triste, así las flores se parecen más a mí y puedo olerlas sin miedo. Son como tigres sin garras, como guerras sin muertes. Voy a llamar al guardián.
El guardián llega antes de que Él llame. Oímos ruido de llaves y entra en la celda. Es un hombre fornido de unos 45 años.
GUARDIÁN (muy serio; de pie frente a Él).- Usted y yo casi no nos conocemos, hablaré de mí mismo: soy uno de los hombres más humanos, un hombre bondadoso, y me divierto de vez en cuando, dentro de mis posibilidades. (Ya no está tan serio.) Los sábados. Los sábados salgo de casa, entonces bebo, cada sábado. (Mira fijamente al condenado a muerte.) Tengo un sexto sentido: sabía que usted iba a llamarme, lo supe mientras escuchaba la radio. Cuando me llama un preso que no está condenado a muerte no le hago mucho caso, pero usted es distinto porque va a morir.
ÉL (sigue de pie).- Le compraré su sexto sentido. Su bondad no me importa, no la necesito para nada, sólo quiero su sexto sentido. (Se estremece.) Tengo algo para pagarle. (Señala la jaula y el pájaro.) La jaula es mía y el pájaro es mío. Ya sé que cuando la jaula y el pájaro sean suyos será usted el dueño de una jaula y un pájaro de segunda mano, pero lo mismo me pasará a mí con el sexto sentido.
GUARDIÁN.- No confío en usted, es difícil confiar en un presidiario.
ÉL (pensativo).- Yo no quiero la bondad de los guardianes de la prisión, la bondad de los guardianes de la prisión ha muerto.
GUARDIÁN (ofendido).- Mi bondad vive, como mi sexto sentido. Mi bondad es material: cualquier peso de farmacia serviría para pesarla.
ÉL.- Las flores de la celda son de plástico, yo seré como ellas algún día. Me siento desamparado y ridículo, es como si estuviera en una fiesta, con un vaso en la mano; soy el centro de un grupo, estoy hablando de cine y no puedo parar de hablar; hay cada vez más gente a mi alrededor.
GUARDIÁN (interesado).- Siga.
ÉL (sentándose en la cama).- De pronto me veo obligado a pronunciar el maldito nombre de una actriz francesa. Y no sé francés.
GUARDIÁN (comprensivo).- Yo tampoco sé francés. (Se acerca a la cama.)
ÉL (sin escuchar al guardián).- No sé francés; mis amigos esperan que yo haga el ridículo; yo trabajo en una compañía francesa que vende toneladas de muebles, y mi jefe está un poco borracho, como usted los sábados. Es terrible.
GUARDIÁN (sin comprender del todo).- ¿Qué es terrible?
ÉL (encendiendo un cigarrillo).- Todo. Todo. La actriz francesa tiene seis apellidos, cuatro de ellos compuestos, y un título nobiliario. Todos los que están en la fiesta la conocen perfectamente: su cara, sus manos, su piel, las fotos de su palacio. Su palacio ha salido en mil revistas.
GUARDIÁN.- Empiezo a sentirme aburrido. Usted no es un hombre atento: fuma y no me ofrece un cigarrillo.
ÉL (conciliador).- Le daré el mío. (Se lo da.) Creí que no fumaba usted estando de servicio. Ya no sé por dónde iba.
GUARDIÁN (fumando feliz el cigarrillo de Él).- ¿Quién sabe por dónde va? (Bosteza) La historia parece soñada y la vida pide historias reales.
ÉL (irritado).- La historia es real. Vi el revólver. Era un revólver negro. Corrí hacia él. Mi jefe gritaba, me estaba despidiendo, yo estaba sin trabajo, me había quedado sin trabajo en una fiesta, un sábado, fuera de la oficina.
GUARDIÁN (conmovido).- Mi hija menor trabaja en una oficina. Y mañana tiene una fiesta.
ÉL (violentamente).- ¡Su hija, no me hable de su hija ahora!
GUARDIÁN (cabizbajo).- Mi hija está enamorada de usted.
ÉL.- ¡Claro, es lógico! (Con amargura). Las hijas de los guardianes se enamoran de los condenados a muerte.


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