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Relatos breves ("La secta de la inmortalidad" en Verdades a medias, Espasa Calpe, 1999)

El primer texto literario que se conserva de Pedro Casariego Córdoba es de 1973, cuando contaba dieciocho años. Quizá no sea el primero que escribiera, pero sí el primero al que dio una forma definitiva y trató de fijar al mecanografiarlo. Y además, por el motivo que fuera, lo conservó. No pasó lo mismo con otros escritos de ese año y del siguiente, que el autor debió de destruir. Hacia 1975 la escritura se convierte en una actividad cada vez más importante, y, además de algunos pequeños relatos, comienza la serie de los Poemas Apaisados del Caballero Inmaduro, que llegarán a ser más de trescientos para el año 77. De entre estos escritos iniciales, La Secta de la Inmortalidad, que más abajo reproducimos, es un precedente del tema alrededor del cual girará gran parte de su obra posterior: el tiempo y su consecuencia definitiva para el hombre, la muerte. Un tiempo que se deforma, se mezcla, se superpone, se desdobla en varios tiempos, se baraja. Un tiempo personal. En El hidroavión de K. (1978), algunas referencias explícitas salpican la historia:

Todos
cada uno recibe
un tiempo original.
Algunos saben
lo que su tiempo original vale
y se niegan a compartirlo
y su plenitud les hiere
(C.46)

Y también:

Todos
cada uno recibe
un tiempo original
tiempo que no es una mancha
que haya de ser lavada.
(C.63)

Cada uno recibe
su reloj original.
Los tiempos originales son inmensurables
por lo que los relojes originales
han de medirse a sí mismos:
El fantasma del Tiempo Objetivo
de todos se enseñorea
(C. 77)

En Maquillaje (1979), Vanderbilt es un reloj de arena en un desierto y Schneider trata de empañar con su perfume el temblor de la baraja de los tiempos de Roberts:

Si Roberts hubiera hablado
entre aquel naipe de su tiempo y el siguiente...
(S. 83)

La posibilidad de cambiar el destino, o, al contrario, lo inevitable de un destino que por ello nos es completamente ajeno. Y en DRA (1986), la estructura cíclica, como de muñeca rusa, y un mínimo apunte:

Un reloj que es el peor enemigo del tiempo
(P. 37)

Reproducimos, pues, La secta de la inmortalidad:

 

Los actuales miembros de la Secta nos encontramos hace muchos años, tantos que casi ninguno recuerda la fecha exacta y algunos de los más inconscientes y desmemoriados ni siquiera la época, en un punto inconcreto, probablemente la estación de ferrocarril de un pueblecillo semideshabitado. Quizá la larga espera nos impulsó a hablar y resultó, tras unos primeros pasos de conversación insulsa, que todos estábamos unidos por dos lazos casi indestructibles: un amor febril por las Mayúsculas y una búsqueda frenética, y secreta a menudo, de la Inmortalidad.
Nos alejamos, seres de rostros y maneras dispares, del punto inconcreto, y comenzamos a ascender por las montañas abruptas, arribando a un valle verde, sería primavera, sitiado por cumbres eternamente nevadas, y, de común acuerdo, fundamos la Gran Secta De La Mayúscula y La Búsqueda De La Inmortalidad.
Ya hubo mayor dificultad para elaborar las indispensables Reglas de Conducta Comunitaria. Se acordó la Prohibición de hablar entre nosotros o con potenciales extraños durante todo el año, excepto en la semana de Cónclave Permanente, lo que originó el Primer Acuerdo. Durante él se hablaría siempre con Mayúsculas, pero el tema central sería el exponer los resultados alcanzados en la lucha de cincuenta y un semanas por la Inmortalidad.
El Segundo Acuerdo fue la proclamación unánime de la libre elección de dioses particulares, me duele tener que escribirlo en minúsculas, a los que nos acogeríamos y con los que podríamos hablar a solas.
Esta última frase del Segundo Acuerdo ha tenido, a mi modo de ver, resultados nefastos, pues cuando la Comisión Vigilante encuentra a algún miembro de la Secta charlando con otro, los dos, al mismo tiempo, alegan estar hablando con sus dioses particulares, ya sean El Agua del Manantial, La Nieve que se Derrite o La Hierba que Nace con el Sol.
Los resultados habían sido siempre nulos y nuestros rostros, ahora todos de mandíbula cuadrada modelada por los vientos rasos que corren por las ventanas abiertas del Monasterio alado, alojaban unas pieles cada vez menos tirantes.
Pero en el pasado Cónclave, hace ya once meses, uno de los Grandes Directores afirmó, bajando una y otra vez la cabeza rapada y la mandíbula más cuadrada de todas por dormir cerca de la Gran Ventana, haber encontrado la Inmortalidad.
Para él, según dijo, la Muerte es la Fuga del Tiempo, con Mayúscula. Y nuestro común error, aseveró, haber tratado de vencer al Tiempo, cosa que es imposible. Y al decirlo miró a los sectarios de papadas colgantes. Y él se dio cuenta de que el Tiempo se compone de un número indefinido de tiempos con minúscula. Aquí se vio atacado por los más fanáticos, indignados por haber traído a colación la Minúscula en el Cónclave anual. Sin embargo, el Gran Director siguió impertérrito su discurso.
Cada tiempo se constituye con los segundos dedicados a una actividad determinada. El Tiempo, indudablemente, tiene un volumen en el que va introduciendo los tiempos transcurridos, los cuales van ocupando el mismo lugar, tanto si duraron dos segundos como dos horas.
Por lo tanto –casi gritó el Gran Director–, nuestro deber es crear un número cada vez mayor de tiempos, tan grande que ocupe todo el volumen del Tiempo, tan gigantesco que se verifique la Explosión del Tiempo, y con ello alcanzaremos la Inmortalidad. Por consiguiente, y desde ahora, cada miembro de la Secta debe ser como las Abejas sobre las Flores, debe ser Versátil, debe practicar la Inconstancia Constante, y no debe preocuparse por la aparente futilidad del continuo Cambio de una Actividad inútil a otra casi perniciosa. Esto lo hemos practicado durante sólo once meses. Han desaparecido los Sectarios de Papadas Colgantes, nos rapamos más a menudo el cráneo y la Piel se pone tirante en las mejillas. Resulta fantástico haber alcanzado así, de golpe, la Inmortalidad.


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