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  DRA (Colección Privada, Madrid, 1993; Poemas encadenados, 1977-1987, Seix Barral, 2003; Tansonville, Valladolid, 2015)

DRA es el último de sus libros de poemas encadenados narrativamente. El título seguramente proviene de las siglas del Diccionario de la Real Academia, y refleja la enorme preocupación de Pedro por las palabras, y más en concreto por la gramática. En una historia circular, o más bien elipsoidal, un viejo aristócrata impotente observa envidioso desde su castillo al monstruoso Paivarinta, semental que satisface a las damas de su rango (incluyendo a su mujer), tratando de encontrar el origen de su fuerza. Descubre que ese poder surge del extraño himno que canta el semental e intenta descifrarlo sin éxito.
 

Un dedo de cristal
persigue aviones
por un aire muy lento.
Esa persecución
inútil
entre huesos deshilachados
describe
nítidamente
a
Paivarinta.


P.1
.

 

El primer sol
deshollina el cielo
y mira
a Paivarinta sin verlo.
Paivarinta
tiene la tripa fría
el cerebro pequeño
los codos oscuros
los ojos secos
la destreza en otro país.


P.2.


Paivarinta
el desvergonzado
se desviste
en el campo
en el octavo piso
de un edificio de ladrillos de nube.
Es un edificio de seis pisos.
Tenue.
Sin ascensor.
Un obelisco plagado de espejos.


P.3.

 

El octavo piso no existe.
Paivarinta existe en el octavo piso.
Se desnuda
flota en la ciénaga del cielo.
No es un ángel.
Lleva en su risa rasgada
la castidad de la harina
y la lujuria de un cuerpo en la nieve.




P.4.


¿Por qué habré dicho
que Palvarinta
el impúdico
el semental
la gran bestia seductora
se despoja de su
traje desgreñado
en pleno campo
como un pirata agrícola?


P.5.

 

Lo he dicho
sin duda
porque el pabellón aéreo
en donde Paivarinta posa sus noches
un octavo piso
que no figura en ningún registro
fue en tiempos
un campo
regado por la pulcra saliva del cielo.


P.6.


Un campo
infestado de cráneos de gorrión
[ y margaritas
que perdió el tesoro
de su materia
y ascendió
tan involuntariamente como un globo
para convertirse
en el ingrávido
delicadísimo pabellón
del brutal Paivarinta.




P.7.

 

Allí arriba
en el octavo piso
en el séptimo cielo
de la clientela femenina
del maloliente y divino Paivarinta
no hay nadie.
El silencio no es solemne y no es
[entero.
No asusta.
En el pabellón de los espejos vacíos
reina un silencio charlatán de
[loros muertos.
Es el silencio innoble de las gargantas
[que se fueron.

P.8.


 
Los poemas originales tienen sangrados (de distitas medidas y en muchos de los versos) que determinan el ritmo de lectura ideado por el autor.
Aquí no se han reproducido.
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