Qué más da (Verdades a medias, Espasa Calpe, 1999; publicado como libro independiente por El Gaviero Ediciones, 1994 –con prólogo de Luis Alberto de Cuenca e ilustraciones de Javier Roz)

Qué más da es otro largo diálogo en prosa, al estilo de Shahn. Un hombre echado en la cama de su habitación, consumido por los peces que habitan en su estómago y sin saber qué hacer con el cuerpo inerte de su compañera, quizá muerta, recibe la llamada telefónica de un antiguo compañero de armas. El título del texto, que es también el colofón, indica un estado de ánimo del autor y también anticipa una actitud literaria: unos meses después, tras concluir DRA, el sexto de sus libros de poemas encadenados formando una narración, Pe Cas Cor abandona la solemnidad de la máquina de escribir y escribe mucho menos, prácticamente sólo comentarios o poemas breves, a veces acompañados de dibujos, como los de La vida puede ser una lata.

Reproducimos aquí el comienzo:

 

No soy nada. No soy casi nada. No soy prácticamente nada. Pero al mismo tiempo soy alguien. Dentro de mí nadan miles de peces inocentes o perversos. Grandes branquias de todos los colores. Los peces inocentes son mucho más fuertes. Dueños de un vigor sin misericordia. Los peces malvados fracasan y muerden el polvo del mar.
Soy sin duda muchas cosas.

Ella está a mi lado. Yo estoy en la cama como siempre. Con las manos detrás de la cabeza. No necesito comer. Me basta con las lubinas, las truchas y las algas, los caballitos de mar que se despistan en mi estómago. Vivo del aire. Muero del humo. Alquilo los caladeros más ricos a los pescadores más diestros. Me enriquezco sin dar ni golpe. Soy un terrateniente más. Un terrateniente especial. Porque mis tierras están sumergidas. Hay en ellas un cementerio blanquecino. Sus cruces brillan al sol tímido del fondo del océano. En el cementerio desvaído pescadoras jovencísimas lloran a sus ahogados. Fui yo quien los mandó al otro barrio con un golpe de mar o de furia.

Ella yace a mi derecha. Con todo el pudor de su boca cerrada. Es una mujer de pelo báltico y excelentes modales. Con todo el candor de su desnudez invisible. No sé si está muerta.
Qué más da.

Si ella está realmente muerta, mis únicos padres se llevarán un buen chasco. "Terminarás por casarte con ella, ya lo verás, no digas de este agua no beberé porque el agua puede convertirse en vino, es ley de vida".
Adoro el rastro de hielo que dejan los altares al marcharse.

Los médicos dicen que soy un farsante, que tengo cuerda para rato. Como si yo fuera un vulgar reloj de pulsera. Las mujeres que llevan pulsera me ponen enfermo. Supongo que se trata de una reacción claramente patológica. No estoy seguro. No puedo estarlo. Estudié más bien poco. Me dediqué a merodear por ahí. A atravesar con alfileres las miradas hostiles. A dormitar en las vías de los trenes harapientos. A tantas cosas.

Hace unos cuantos años. Me afeité con esmero. Me puse una de mis levitas. Me encasqueté el sombrero de copa que me ayuda a soportar el alcohol. Estaba lleno de energía y de audacia. Me apetecía bajar los escalones de cuatro en cuatro, de seis en seis, y llegar a la calle en un abrir y cerrar de ojos. No pude hacerlo. Sólo había dos escalones. Y mis párpados habían desaparecido. Un calor soñoliento se extendía por las aceras. Los ángeles arruinados tiritaban a pesar del calor. Enloquecidos. Quemaban las mantas municipales para calentarse.
¿Cómo es hoy la calle?
Llevo demasiados siglos sin salir.

Aquel mismo día. Temperatura altísima. Las estrellas parecían casi tan altas como los tejados minerales. Una ilusión óptica más. Pulcros orfebres corrían hacia la deshonra. En los estanques los torpedos asesinaban a los patos. Un aburrimiento mortal. Como de costumbre el tabaco se desangraba en las bocas de los paseantes. Me quité el sombrero de copa, y entré en la siniestra farmacia de guardia. Pedí una caja de preservativos. De repente me di cuenta de que no había traído dinero. No llevaba nada de valor. Ni una sola cadena de oro. Ni siquiera un simple paisaje pequeño pintado por un artista supuestamente célebre. Ni una caracola de mar, esos artilugios tan socorridos que sirven principalmente para enamorar a las dependientas ligeramente maduras mientras se les habla de los viajes de recreo, la fina arena de playa y los precios disparatados de las cunas. Me vi obligado a pagar con un cheque.
Sí, con un cheque.
Un cheque firmado con una pluma prestada. Un cheque tan amarillo como el pelo de la mujer que parece agonizar junto a mí.

He pasado muchos meses junto a ella en esta cama. Una cama modesta acompañada de un colchón celestial. Muelles, más muelles y comodidad. Aquí y allá, en la almohada y en el sobretodo que uso de pijama para ahorrar calefacción, lagos secos de semen. Un derroche salvaje. Un inconmensurable despilfarro de materia orgánica. Lagos mínimos. No me gusta exagerar.

Aquel famoso día. Yo era un hombre recto entre los árboles degenerados de la ciudad. Los ángeles cocinaban plácidas nubes. Una serenidad que me asqueaba. Antes de visitar la farmacia había pensado que los malditos ángeles pedigüeños estaban locos. Nada más alejado de la realidad. Nadie más cercano a la cordura que los ángeles implorantes que incendian mantas en verano para que los internen en los lujosos manicomios de los arrabales. Uno de aquellos impostores de alas irrompibles ensuciadas para inspirar compasión a los incautos me pidió un poco de comida. Un mendrugo de pan, por el amor de Dios, buen hombre.
Yo vomité las espinas de un salmón en la cara perfecta del ángel.
Proseguí mi camino imposible hacia la indiferencia absoluta. Pero siempre surgía algo que me apartaba de mi meta. Me sentía inevitablemente romántico. Anduve unos centenares de metros con la mirada entoldada por la emoción, y arrojé todos los preservativos a un charco que no había sabido evaporarse. Todos menos uno. Todos tomamos precauciones. Todos los miserables.


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