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Shahn (Revista de Occidente, nº 56, 1986; Verdades a medias, Espasa Calpe, 1999)

Shahn es un diálogo en prosa entre un hombre y una mujer que están en el vientre materno, en el limbo. La mujer, que en un principio participa activamente en la invención de historias, oye algo, deja de hacer caso a lo que le cuenta su inocente compañero y le abandona: nace. Esa diferente disposición ante la vida hace recordar una de las crípticas preguntas del Manifiesto: "¿Qué edad teníais al nacer?". El nombre de la mujer está tomado del apellido de un pintor y fotógrafo norteamericano fallecido en 1969, Ben Shahn, a quien el Ministerio de Cultura dedicó en 1984 una exposición para la que Pedro Casariego Córdoba tradujo los textos del catálogo.

Reproducimos aquí el comienzo.

 

SHAHN: Todavía no hemos nacido ni tú ni yo y ya me abrazas. Este barril inmenso y vacío en el que estamos malogra tus abrazos, en él tus brazos torpes resbalan sin calor. Aún no has aprendido a ser nocturno.
ÉL: Shahn, madre, madre llana, selva, madreselva, blanca espina sin cobre, eres aroma en ventana al caer la noche.
SHAHN: Necesito un hombre nocturno con un parche en el ojo, sólo un hombre así puede hacerme olvidar que no he nacido, tú no eres nocturno y me haces llorar sin hacerme daño.
ÉL: Una herida en la nieve, el hollín de mi corazón marcará para siempre tu nevada, nadie sabrá borrar las huellas del lobo sangriento que guardo en mi pecho. Seré nocturno y salvaje si así lo quieres, en este limbo pensativamente quieto yo prefiero la hoja del cuchillo a las hojas de los libros.
SHAHN: Estoy llorando, lloro porque no siento nada cuando me abrazas, es como si estuviera comprando el periódico y una barra de pan, me aburro y lloro, un mostrador sucio se interpone entre nosotros, el mostrador está tan lleno de polvo que si fuera un avión inglés se estrellaría.
ÉL: No lloras, Shahn, sólo finges lágrimas, todavía no has nacido y ya lloras, tus lágrimas humedecen tu traje guarnecido de estrellas tímidas, mujeres vergonzosas que no se atreven a encenderse con un baile, aunque la orquesta es magnífica y la noche estrellada y ningún avión inglés se estrella, todo resplandece junto al bosque bajo las bombillas científicas.
SHAHN: No veo al director de la orquesta. Creo que me estás engañando.
ÉL: Claro que le ves, es el hombre del bigote que parece un domador de leones. Es difícil verle porque quinientas parejas alocadas le rodean.
SHAHN: Sí, ahora todos cambian de pareja, y el humo que brota del calor de las risas me marea un poco y me impulsa a dejarme abrazar por ti, y también a alejarme del llanto y a acordarme de tus manos, tus manos me columpian tanto que llega el verano y estoy en un jardín mojado y mis padres están tristes y preocupados porque no pueden pagar al jardinero, y se enfadan cuando yo grito y me mandan a la cama y yo lloro porque es muy pronto, mi madre me arropa y yo lloro y ella canta y entonces dejo de llorar y me duermo entre tus brazos.
ÉL: Hay un lunar en tu espalda, un náufrago asustado que pide auxilio y no se resigna a hundirse porque ya ha nacido y el instinto de conservación le domina y bebe agua salada y aparece un camarero que ofrece hielo al náufrago, el agua salada está a 23 grados y el náufrago agradece mucho el hielo y bebe tres vasos seguidos de agua salada y da las gracias al camarero y el camarero se marcha en una motora y el náufrago se ahoga después de rezar un poco y nadie escucha sus oraciones, las ballenas suelen ser sordas y los tiburones están ocupados cazando algo.
SHAHN: No sabía que tuviera un lunar. Nunca me he visto la espalda. Los espejos escasean en este barril grande, aquí sólo conocemos a los otros, nuestros propios cuerpos se apartan de nosotros, nos evitan y nos rehúyen desvaneciéndose en el aire claro como luz en invierno y salto mortal.
ÉL: En la espalda de Shahn un lunar es tan bonito como una luna llena en el cielo del lobo que aúlla y se lanza en pos de la carne que late antes de sonrojar el territorio helado.
SHAHN: Casi me conmueves, tiemblo como un olmo furtivo, tiemblo amarilla en medio de una carretera nacional, estoy paralizada, parada en mitad del viaje de los coches ultramodernos, un enorme camión pálido se dirige hacia mí cargado de vacas y de cerdos y de lechugas, el conductor, veo perfectamente el color de sus ojos, hace sonar la bocina poderosa y yo sigo inmóvil y una de las vacas muge para advertirme el desastre y la vaca no quiere morir y yo tampoco, una lechuga se vuelve loca y muge mejor que la vaca y empieza a pedir hierba fresca y jugosa y uno de los cerdos, precisamente el que estaba secretamente enamorado de la lechuga, muge también para imitar y seducir a su amada, y entonces el conductor de los ojos grises consigue frenar haciendo un verdadero alarde y se apea del camión echando chispas y comprueba con asombro que en su camión no hay más que preciosas vacas de quinientos kilos todas gordas y sonrosadas y bien cebadas, luego el conductor se arrodilla y da gracias al cielo por fin podrá pagar las deudas que había contraído jugando a la ruleta en Cannes y además podrá adquirir una finca con piscina entre los sauces llorones y sus padres pagarán al jardinero, éste no tendrá que emigrar a Australia y la mujer del jardinero ya no le pedirá el divorcio y le hará la cama como antes con sábanas de seda muy limpias y ya no se le quemará nunca más la sopa a la mujer del jardinero, ella irá a la peluquería más cara de la ciudad y su pelo será rubio por primera vez y celebrarán el acontecimiento con un gran beso un beso tan dulce como el del día de la boda, el conductor del camión se persigna y por fin se digna mirarme a mí, a la responsable del milagro de la multiplicación de la vacas de lujo, y en ese mismísimo instante el calor de agosto exacerba su deseo y parece como si nada pudiera aplacar la pasión que le domina y me abraza con furia como tú ahora y el amor más puro se infiltra en mis venas y pienso que mañana bordaré para él una colcha maravillosa y decido estudiar astronomía para convertirme en una famosa astrónoma y hacer más tarde un viaje espacial a Marte con el conductor como segunda piel, y acabo de elegir el color y el tamaño del cohete, el cohete será tan espacioso y tan espacial que podremos dar largos paseos dentro de él e incluso montar a caballo, la yegua torda será para mí, de eso no hay duda, él pilotará un caballo negro que batirá todas las marcas de velocidad, nosotros nunca aminoraremos la marcha y estrechamente abrazados descubriremos planetas y sensaciones, ahora me siento tan eufórica que me atrevo a asegurar que él y yo seremos el autorretrato de la felicidad, y todo ese milagro por unas cuantas vacas bobas que ni siquiera saben el abecedario y que se limitan a mugir y a dar carne y leche, aunque a veces el mugido y la carne son más delicados que un poema, los ojos grises del hombre que amo levantan una muralla entre la tristeza y yo, mi conductor, no encuentro palabras para describir las viejas tradiciones amorosas que despierta en mí mientras acaricia mi lunar, sus caricias son bruscas y desmañadas pero pintan un reguero de pólvora que alumbra eternamente los caminos que inventamos alrededor de Marte, nadie sino él sabe ahuyentar los latigazos de la pena y un día sonríe y me dice que nadie podrá desterrarnos del cielo.
ÉL: Soy yo quien te sumerge entre sus brazos, aquí no hay conductores ni vacas prodigiosas ni señales de tráfico, este barril sediento cobija almas futuras, este limbo soñado sólo acoge una espera común, aquí el sol sale oscuro y sin brillo, las telarañas tapan la fuerza del sol y lo detienen, a veces parecemos estatuas que de vez en cuando traicionan y se mueven, estatuas que a veces sugieren destellos de amor, pero quizá, Shahn, ese amor sea siempre hueco y transparente, y el amor ha de ser espeso y pesado y opaco, el viento de la tarde se lleva el amor ligero entre hojas de otoño rojo y lo abandona en un descampado encima de una rueda pinchada junto a un gato, allí el amor ligero se pudre y se espesa pero ya no sirve para nada y un chatarrero lo vende al peso, y como el amor ligero es un peso pluma el chatarrero lo vende muy barato y recibe una moneda rugosa con la que compra una cerveza, así el amor liviano y transparente y leve se transforma en un trago de cerveza en una garganta mojada, Shahn, no quiero que nuestro amor sea ligero, me niego a verlo desaparecer como una gota de agua sobre el asfalto, Shahn, vas a verme construir un árbol indefinible con tus pájaros despiertos, será un árbol misterioso y áspero que nadie osará talar, en él se posarán las nubes y la niebla sobre todo la niebla que todo lo confunde, esa niebla que hermana campanarios y campos y trigales y el vuelo bajo de los hombres solitarios, será un árbol cuajado de sombras, salpicado de manos abiertas y escarcha.
SHAHN: ¿No oyes nada?
ÉL: No, no oigo nada, sólo oigo el rumor de tus dedos y el estruendo de tus pies y el murmullo de un lago que aprende a andar cuando te mira, Shahn, eres breve y dulce como los telegramas de amor que nos envían las tormentas peligrosas, los truenos cantan y la tierra seca se estremece y los rayos nos persiguen y la muerte nos desafía y tú no has nacido pero tienes miedo, y de pronto te das cuenta de que yo me he convertido en pararrayos, y las cosas cambian y buscas mis manos y ya no hay grietas en mi alegría, y poco tiempo después la tormenta inquieta se va y la tierra blanda se curva y resurge el cielo y tus labios rojos permanecen en mi sombra, así que yo me vuelvo loco de alegría y me disfrazo de explorador y recorro el desierto con mis viejas gafas de bucear puestas, y llego a un oasis y soy un beduino feliz y te mando un telegrama que habla de cerillas apagadas y de tormentas y de estrellas fugaces y de lagos viajeros.
SHAHN: Oigo algo, estoy segura de que oigo algo.


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